MILAGROS
Fidel Manuel de la Concepción, más conocido como “El Seco”, luchaba por conciliar el sueño, dejando caer fuera de la cama su huesuda pierna izquierda, como quien tiene mucho calor o está listo para correr. Era un mulato delgado, casi seco, bañado por el sol y la sal del Malecón habanero, con el aire de busca pleito que siempre lo acompañaba. A su lado, Yolanda Beatriz del Carmen —aunque todos le decían “Yoyo”— roncaba con la boca abierta, indiferente al calor pegajoso y a la falta de electricidad. Entre ellos, un muelle del colchón se resistía a quedarse bajo la tela, ya desgarrada por el tiempo y el sudor de tantas noches calientes.
Toc… toc… toc… La gotera en el techo de la sala se había vuelto una compañía cotidiana; cada gota parecía más pesada que la anterior, marcando el paso del tiempo con exactitud: un recordatorio perenne de algo que falta por arreglar.
Cuando El Seco después de tanto batallar con su conciencia, y empezaba a soñar con peleas pasadas y negocios chuecos, un ruido seco y familiar lo despertó. El instinto lo lanzó al suelo en un segundo, y su voz cortó la madrugada:
—¡Lo atrapamos, coño!
El Ta-Ta, su hermano, salió disparado de su cuarto, y los dos se trabaron en la estrecha entrada de la cocina, forcejeando como si la vida misma dependiera de aquello. Después de un par de empujones, El Ta-Ta logró entrar primero, levantó la trampa como un trofeo y, dentro, un gato se debatía entre la curiosidad y el miedo.
—Debe ser el último gato de la ciudad… Hacía tiempo que no veíamos uno —dijo El Seco, frotándose las manos, mientras un brillo oscuro y siniestro iluminaba sus ojos claros.
—Tre… tre… tremendo ban… ban… ban… banquete que nos… que nos… vamos a dar mañana —dijo El Ta-Ta, colocando cuidadosamente la trampa dentro de un cajón de la cocina, como si escondiera un tesoro.
A pesar de todo el alboroto que se había formado en la casa, Yoyo no se despertó; nunca lo hacía cuando cazaban un gato en la madrugada. Por eso, siempre El Seco le decía que era un conejo que había conseguido gracias a unas amistades en un paladar, consciente de que, si le contaba la verdad, ella jamás lo tocaría, por mucha hambre que tuviera.
Años antes, La Habana amanecía sin risas, sin esperanzas. Desde hacía años, los amaneceres eran opacos y malolientes, como si el propio sol tuviera miedo de mirar la ciudad, ya que su luz no era lo suficientemente fuerte para blanquear las ropas colgadas en las tendederas ni para secar la humedad de las paredes. El aire olía a hierro viejo, a sal y a un cansancio que ya no cabía en los cuerpos de los hombres. No quedaban pájaros en los alambres, ni perros en las esquinas, ni gatos bajo los autos oxidados. La lluvia de la madrugada nunca era lo suficientemente fuerte para limpiar las fachadas de los edificios.
Alejandro Alonso, un señor mayor que en sus buenos días fue deportista, y al que todavía le quedaban fuerzas de cuando la comida tenía algún nutriente, recorría la ciudad con su bicicleta de tres ruedas, recogiendo cuanta cosa se encontraba entre los escombros de los edificios y las lomas de basura amontonadas en las esquinas.
Una tarde, mientras Alejandro hurgaba entre unos rebozados bidones de basura, escuchó un estruendo que, por desgracia, le era familiar. El piso tembló bajo sus pies y una nube de polvo mezclado con gritos de terror lo cegó por un momento. Un edificio de tres plantas se había derrumbado a pocos metros de él. La nube de polvo y los gritos se desvanecían lentamente, quedando un apilado de cabillas retorcidas y piedras que cubrían los gemidos. Alejandro, en compañía de otros vecinos, se adentró entre los escombros para encontrar sobrevivientes. No había pasado mucho tiempo cuando le pareció escuchar un débil quejido. Removió unas piedras y, debajo de un pequeño colchón, encontró una pequeña gata blanca que, a pesar del polvo, mantenía su blancura intacta. Esa gatita sería la única sobreviviente de aquel terrible derrumbe habanero.
Alejandro puso a la gatita en una caja de cartón que usaba para cargar la comida cuando hacía mandados. Se sacudió el polvo del cuerpo con la gorra y llevó la gata a la casa de su hermana Mercedes.
—¡Qué sorpresa! ¿Qué haces aquí, mi hermano? Hoy no es domingo… no me digas que trajiste un cake —dijo Mercedes al abrir la puerta y encontrarse a Alejandro con la caja de cartón en las manos.
—No, no es un cake —respondió él—, pero es tan blanca como el merengue. Te traje esta gatica para que no estés tan sola. La encontré entre los escombros de un edificio que se derrumbó.
Alejandro dejó la caja sobre la mesa del comedor.
—Qué bella es, toda blanquita. ¿Cómo se llama? —preguntó Mercedes, cargando a la gata con cuidado.
—¿Cómo voy a saber? ¿No te dije que la encontré entre los escombros del derrumbe? Fue la única que sobrevivió a ese desastre —dijo Alejandro, mientras se lavaba la cara en el fregadero de la cocina.
Mercedes miró a la gata unos segundos, como si midiera el peso de lo ocurrido.
—Si es así, entonces le pondré Milagros, porque la verdad es que salir ilesa de un derrumbe tiene que ser un milagro de Dios —dijo, dándole un beso en la cabeza.
—¡Qué milagro de Dios ni ocho cuartos! —replicó Alejandro—. ¿Tú no has escuchado que los gatos tienen siete vidas? Bueno, a esta le deben quedar como cinco. Pero la gata es tuya… así que, si quieres ponerle Milagros, se llamará Milagros.
Milagros creció en casa de Mercedes, quien siempre la mimó como la princesa de la casa. Pero Milagros, con esa independencia que caracteriza a los gatos, salía por la ventana de la cocina y regresaba días después; se acostaba en la butaca frente al televisor como si nada. Mercedes, ya acostumbrada a sus desapariciones, le acariciaba la cabeza y seguía con los quehaceres de la casa.
En el barrio, Milagros pertenecía a todos y no pertenecía a nadie. Unos la llamaban Blanquita, otros Coco, otros Nieve… y algunos la veían como un fantasma. Pero todos la amaban y le temían al mismo tiempo. La veían como algo sobrenatural, tan blanca siempre; no entendían cómo podía mantener su blancura entre tanta mugre.
Pasaba los días en casa de los García, donde la llamaban Coco, en un pequeño apartamento en un segundo piso de un edificio viejo, apuntalado con vigas de madera vencidas por el roce de las manos y los tropiezos mañaneros. Jugaba con los niños y hacía reír a la abuela Margo, que usualmente estaba amargada y protestona.
Después de unos días en casa de los García, desaparecía; en realidad, cambiaba de casa y, al hacerlo, cambiaba de nombre. Pasaba tiempo en casa del viejo Ramírez, que vivía solo en un cuarto pequeño con un catre, una mesita con dos sillas, un sillón de caoba oscuro, un televisor ruso que había dejado de funcionar hacía tiempo, un cuadro en blanco y negro de Fidel colgado en la pared y una radio que se había convertido en su compañero.
Ramírez la llamaba Blanquita. En su casa, la gata descansaba de los niños de los García, pues allí se la pasaba durmiendo mientras él escuchaba la radio. Milagros no podía mantener los párpados abiertos al escuchar el tic-tac que marcaba los segundos del radioreloj o las melodías clásicas y románticas de Nocturno.
Ramírez pasaba horas acariciando a Blanquita mientras ella ronroneaba. Si él dejaba de acariciarla, sacaba las uñas de una de sus patas y pinchaba suavemente a Ramírez a través del pantalón.
Pasados unos días, y después de haber recuperado fuerzas, era hora de cambiar de casa nuevamente. Esta vez le tocaría el turno de ir a la casa de los hermanos Espinosa, dos muchachos malcriados pero divertidos que querían mucho a Misu. Los Espinosa no fueron muy creativos al nombrar a la gata, así que la llamaban Misu.
Los hermanos siempre estaban discutiendo por todo, excepto cuando estaban en compañía de Misu, cosa que a Marta, la madre de José y Javier Espinosa, le gustaba mucho. Le encantaba ver cómo Misu traía paz y alegría a la casa.
Milagros iba cambiando de casa y de nombre cada tres o cuatro días y, mientras lo hacía, cambiaba vidas: alegraba corazones, imponía límites o daba lecciones.
Como aquella noche en que Ramón, un doctor obligado a alquilar su carro y trabajar como taxista para poder subsistir, intentó golpear a su esposa Raquel. Milagros lo miró con las orejas hacia atrás y los ojos achinados, fijos y severos. La mirada fue tan profunda que Ramón sintió miedo. Y tenía razón.
Milagros era de tomar en cuenta. Sabía dar amor, pero también sabía poner en su lugar a las personas cuando era necesario.
A Milagros le gustaba, en ocasiones, estar a solas. Le gustaba saltar de balcón en balcón, afilarse las uñas en las matas que brotaban de las paredes de los edificios, acostarse en las terrazas o al borde de los techos y escuchar el sonido de las mesas de dominó y las conversaciones a gritos que subían desde las calles tuberculosamente rotas.
Gritos que llegaban con olor a ron casero y oraciones mal formadas. Las paredes lloraban el hollín negro acumulado por medio siglo. Las lomas de basura se esparcían por toda la ciudad, y el número de ratas iba en aumento. Ahora tenían que competir con los humanos, que cada vez más aprendían a hurgar entre los desechos con la misma desesperación en busca de alimentos.
Una noche, Milagros llegó a casa de Isabelita, la prima de El Seco. Isabelita tenía una hija llamada Beatriz, una niña muy delicada de salud. Milagros solía acostarse en la cama con Beatriz y quedarse dormida mientras Beatriz leía cuentos e historias fantásticas.
Milagros escuchó hablar a Isabelita con El Seco de lo débil que se encontraba Beatriz y lo difícil que se hacía conseguir comida para poder darle fuerzas para combatir su enfermedad.
—Si pudiera conseguir una gallina, un pato, una paloma, cualquier cosa para poder alimentar a Beatriz… Yo como cualquier cosa, pero Beatriz necesita alguna proteína —dijo Isabelita, que estaba sentada frente a El Seco, quien se balanceaba en un sillón de madera que mostraba múltiples capas de pintura acumuladas por los años.
—Déjame ver qué puedo hacer —dijo El Seco, cuando de momento vio a Milagros salir del cuarto de Beatriz.
Milagros se sentó en la sala frente a ellos.
Isabelita miró a El Seco, que, frotando lentamente sus manos, no quitaba la vista de Milagros, y pudo notar que un brillo oscuro y siniestro iluminaba sus ojos claros.
Fin