Cuando Luis llegó a la casa de Daniela, la puerta de hierro con cristales ahumados estaba abierta de par en par. Estaba a punto de llamar cuando vio a Frank, el padrastro de Daniela, frente al altar de Eleguá. Frank bebía directamente del pico de una botella, se llenaba la boca con lo que parecía ron o aguardiente y soplaba el líquido hacia el altar. Luis esperó a que el ritual matutino terminará. Frank, vestido con una camiseta blanca y collares afrocubanos, murmuraba palabras incomprensibles.
—Buenos días, Frank —dijo Luis, asomando la cabeza por la puerta.
—Buenos días, Luis —respondió Frank, con una seriedad ceremonial, mientras encendía un cabo de tabaco que parecía haber quedado olvidado en un cenicero sobre el televisor.
—¿Está Daniela?
—¡Daniela! Aquí está… —Frank tosió, ahogado por el humo—. Aquí está Luis, quiere hablar contigo.
—¡Ya voy, me estoy bañando! —respondió Daniela desde el baño.
—Ya oíste, ahora viene —dijo Frank.
—¿Dónde está la gente de esta casa? —preguntó Luis, sentándose en la litera donde dormían Daniela y su hermana Dayami, tres años menor.
—Frank no respondió.
En la sala apenas cabían la litera y una mesita de madera con dos sillas. Frente a la cama estaba el televisor y, en una esquina, el altar. Un pequeño pasillo conducía a la cocina, apenas suficiente para dos hornillas de queroseno. En la pared, un estante sin puertas mostraba dos jarros de aluminio, una vela a medio consumir y una lata de café. El único cuarto era un poco más grande que la salita: una cama siempre destendida, un espejo en la pared y bolsos de ropa tirados por el suelo.
Frank se colocó su sombrero blanco habitual y salió sin decir palabra.
Desde el baño se oía el agua correr y a Daniela cantando. Un olor suave a jabón y a mujer joven se escapaba por las rendijas de la puerta.
Cuando la puerta se abrió, Luis la vio caminar de puntillas hacia el cuarto. Llevaba una toalla amarilla enrollada en la cabeza y otra blanca que le cubría el cuerpo hasta las rodillas.
—Me visto rápido y ya salgo.
No tuvo que esperar mucho. Daniela apareció con el cabello aún mojado. Al saludarse, sus labios se rozaron apenas. Daniela, con ese sexto sentido que tienen las mujeres —incluso tan jóvenes como ella, que apenas tenía dieciocho años—, notó que algo no estaba bien.
—¿Qué pasa? ¿Todo está bien? —preguntó, sentándose a su lado.
—Necesito hablar contigo.
—Dime ya, que me pones nerviosa.
Luis evitó mirarla a los ojos. Sabía que, si lo hacía, perdería la poca voluntad que le quedaba y volvería a caer, como siempre, hechizado por ese amor incontrolable, casi obsesivo. Habló mirando a la nada: la lata de café, el altar, el cenicero vacío.
—Sabes que este lunes debo presentarme en la unidad militar. Vamos a estar separados mucho tiempo. Creo que deberíamos darnos un tiempo. No quiero que me esperes. Además, quién sabe si regreso; quizás me envíen a África, al Medio Oriente o a cualquier otro lugar.
Las palabras salían de su boca como frases ensayadas. La voz le temblaba, pero sonaba distante. Daniela no se sorprendió. La familia de Luis nunca había aceptado esa relación; siempre pensaron que ella no era de fiar.
—¿Tu madre te pidió que terminaras conmigo?
—¿Qué tiene que ver mi madre con esto?
—Entonces fue tu hermano, ¿verdad? Sí, seguro fue él.
—Estás loca. No te burles de mí. Con mi hermano no juegues; sabes muy bien que está muerto.
—Te sigue metiendo ideas en la cabeza. Y tú te dejas llevar por él y por tus amigotes de mierda. ¿Sabes qué? Ya estoy cansada de tu inseguridad. Creo que tienes razón: no debemos vernos más. Ojalá el servicio militar te haga hombre.
Se levantó del borde de la litera. Al ver que Luis no respondía, caminó rápido hacia el cuarto y lo dejó solo. Luis intentó detenerla, pero no llegó a tocarla. Antes de salir, recorrió la sala con la mirada, como quien toma una fotografía: la litera, la mesita, el televisor, el altar, los jarros, la vela, la lata de café, la puerta del baño y a Daniela, de espaldas, peinándose frente al espejo. Luego salió y se fue a su casa.
Daniela se peinaba con brusquedad cuando, de pronto, vio el rostro de Lalo reflejado. Parecía satisfecho, casi feliz.
—Lo que pasó entre nosotros fue un error —dijo ella, con la voz quebrada—. Te aprovechaste de mí cuando pensé que Luis me engañaba con Isabel. Ahora quieres separarnos y le metes ideas sobre mí.
Lalo no respondió. Sonrió y desapareció.
Al llegar a su casa, Luis encontró a sus padres poniendo la mesa. Pasó sin decir palabra, entró en su cuarto y cerró la puerta. Frente a él estaba el espejo de cuerpo entero, con marco plateado, colgado de la puerta.
—Lalo, ya hice lo que me pediste.
En el reflejo apareció su hermano mayor, muerto un año antes en un accidente de tráfico. Muchos creían que eran gemelos por su parecido, aunque Lalo era tres años mayor.
—¿Qué hiciste?
—Terminé con Daniela, como me aconsejaste.
—Hiciste bien. Ella no te conviene. Es muy coqueta… por no decir otra cosa. En cuatro semanas te habrás olvidado de ella.
Lalo sonreía, incapaz de ocultar su satisfacción.
—No creo que sea tan fácil —dijo Luis.
En el comedor, los padres permanecían inmóviles, escuchando.
—Está hablando con Lalo otra vez. Ya es la segunda vez esta semana —dijo Mercedes.
—Me alegro de que terminara con esa muchachita. Si no me hace caso a mí, al menos que le haga caso a Lalo.
—Gracias, Dios mío —susurró Mercedes, persignándose frente al cuadro del Sagrado Corazón.
—Lo que deberías hacer es llamar a la psicóloga —dijo Pablo—. Decirle que volvió a hablar con él.
—Ya lo hice. Me pidió paciencia. La muerte de Lalo fue muy dura. A veces siento la puerta abrirse a las cinco, como cuando llegaba del trabajo y me decía: “Mami, estoy aquí”. Y lo veo reflejado en el espejo de la sala.
Mercedes rompió a llorar.
Fin